jueves, 7 de septiembre de 2017

Que fue, pero ya no.

Aquella noche me ahogué en la ranura del vaso casi lleno. 
Y tú sólo me mirabas, con una media sonrisa. 
Esa noche comprobé que una simple mirada puede destrozar cada uno de nuestros esquemas.
Lo irónico fue que los dos queríamos salvarnos. 
¿Lo estúpido? 
Que tú me usabas de salvavidas mientras yo me hundía un poquito más. 
Pero supongo que a veces el querer a alguien también consta de eso, de arriesgarte cuando te abres. 
Es un poquito como un cara o cruz, y a mí me tocó perder. 
Y no estoy de acuerdo con que el tiempo hace el olvido. 
El tiempo simplemente cubre las heridas y las convierte en cicatrices. 
Te acostumbras a vivir con el dolor, a vivir con las marcas que la vida te dejó. 
Pero eso nunca, nunca deja de doler.
Y mientras muere febrero, se muere una parte de ti, un poquito. 
Mientras septiembre se esfuma me esfumo yo, para ver como vuelve el frío, esperando ver a las hojas caer, para verte caer a ti (esta vez sin mí).
Vacíos imposibles de llenar. Huecos de nadas que te consumen por dentro, que corroen hasta lo más hondo, hasta el último recobeco. Escenas que nunca podrán suceder porque ya es demasiado tarde. Momentos que nunca podrás pasar porque se esfumaron. Palabras que te muerden las entrañas y que nunca jamás podrás pronunciar. Ganas de nada. Ganas de dejar de escribir e inundarme en mis propias lágrimas.

Ojalá mañana despertase pensando que todo esto era una simple pesadilla.