Se prometió que ya no escribiría versos tristes, pero el cielo nublado y las heridas abiertas, se los arrancan cuando no está mirando.
La brisa del mar atraviesa sus poros y se condensa en lágrimas de monotonía. Inventándose, lo que le hace falta; por falta de inspiración, revuelta con melancolía y algo mejor que hacer.
Se queja de llevar una vida, a ratos sin sentido y predestinada cada lunes. Lleva cicatrices de guerra en el alma, emociones en la piel y su jersey preferido. Sus lentes de sol, se nublan con la vista de lo que no alcanzan a distinguir y se empañan con lo que miran.
No sabe nada de amor, el amor poco sabe de ella.
Sueña despierta, vive dormida; las luces apagadas esconden sus ganas de abrir los ojos, mientras la luna atraviesa los límites, que tiene por cielo…
Un hombre cuenta su dinero; otro hace su trabajo con acostumbrada conformidad, le agradece a la vida el no ser noticia de hoy. Van tomados de la mano, dos adolescentes que luchan contra sus hormonas; mientras en el horizonte aparecen más transeúntes, vestidos de responsabilidad.
Su té de vainilla y caramelo se enfría; al mismo tiempo ella siente enfriarse y le sonríe a la taza medio vacía, comprendiendo que tienen algo en común. Extiende su mano, para alcanzar a su cómplice inanimado; pero al primer roce con la porcelana de serie, decide que ya ha tenido suficiente. Suelta la servilleta donde había escrito minutos atrás: “me dejo en los labios, sabor a desierto nocturno, solo polvo y frio por dentro”.
No escribía poemas, no tomaba notas, no sabía hacer cartas… ocasionalmente colocaba su firma en alguna esquina de documento olvidado; por lo que no estaba segura si aquellas líneas formaban parte de alguna novela del siglo XIX, una canción alojada en su memoria o si era lo que realmente sentía, y se estaba confesando con un pedazo de papel.
Después de largo rato de autoconciencia, le esperaba un día que se sentía como ayer y ayer fue un día cualquiera… caminando por ahí, respirando la ciudad y viviendo de mentiras que quería creerse…
La brisa del mar atraviesa sus poros y se condensa en lágrimas de monotonía. Inventándose, lo que le hace falta; por falta de inspiración, revuelta con melancolía y algo mejor que hacer.
Se queja de llevar una vida, a ratos sin sentido y predestinada cada lunes. Lleva cicatrices de guerra en el alma, emociones en la piel y su jersey preferido. Sus lentes de sol, se nublan con la vista de lo que no alcanzan a distinguir y se empañan con lo que miran.
No sabe nada de amor, el amor poco sabe de ella.
Sueña despierta, vive dormida; las luces apagadas esconden sus ganas de abrir los ojos, mientras la luna atraviesa los límites, que tiene por cielo…
Un hombre cuenta su dinero; otro hace su trabajo con acostumbrada conformidad, le agradece a la vida el no ser noticia de hoy. Van tomados de la mano, dos adolescentes que luchan contra sus hormonas; mientras en el horizonte aparecen más transeúntes, vestidos de responsabilidad.
Su té de vainilla y caramelo se enfría; al mismo tiempo ella siente enfriarse y le sonríe a la taza medio vacía, comprendiendo que tienen algo en común. Extiende su mano, para alcanzar a su cómplice inanimado; pero al primer roce con la porcelana de serie, decide que ya ha tenido suficiente. Suelta la servilleta donde había escrito minutos atrás: “me dejo en los labios, sabor a desierto nocturno, solo polvo y frio por dentro”.
No escribía poemas, no tomaba notas, no sabía hacer cartas… ocasionalmente colocaba su firma en alguna esquina de documento olvidado; por lo que no estaba segura si aquellas líneas formaban parte de alguna novela del siglo XIX, una canción alojada en su memoria o si era lo que realmente sentía, y se estaba confesando con un pedazo de papel.
Después de largo rato de autoconciencia, le esperaba un día que se sentía como ayer y ayer fue un día cualquiera… caminando por ahí, respirando la ciudad y viviendo de mentiras que quería creerse…