sábado, 28 de marzo de 2015
jueves, 26 de marzo de 2015
domingo, 22 de marzo de 2015
Soy, aunque a veces no esté.
Tras haber leído, subrayado y quemado cada una de las hojas, me he dado cuenta de que yo nunca fui Don Quijote, porque nunca fui valiente.
Nunca me atreví a enfrentarme a mis gigantes.
He aprendido que el invierno no era la llegada del frío, sino ver llorar a mis padres y a mi hermano.
He llegado a la conclusión de que nunca acabaré de memorizar cada una de mis cicatrices, porque las sigo confundiendo con heridas, cuando me empeño en abrirlas.
Me he dado cuenta de que el amor no tenía nada que ver con lo que me habían contado, solo tenía que ver contigo, y solo lo he sabido cuando, en mitad del huracán, he necesitado crear mapas con la piel de tu espalda.
Sigo leyendo a Benedetti cuando se me cansan las alas, y sigo haciendo florecer a Neruda cada primavera.
He aprendido que no es a la tercera cuando te das por vencido, porque nunca has de rendirte.
Que voy a tropezar, a caer y a hacerme tantísimas heridas que voy a querer tener un doctorado en vidas, pero acabaré tirando pa'lante.
Porque sin andar no hay camino, y sin camino no hay historia, ni victoria, solo derrota.
Además, andando hacia atrás uno siempre tiene más posibilidades de tropezar con la misma piedra.
También he aprendido que la magia del naufragio no esta en llegar a ser superviviente, si no en aprender a bailar con el vaivén del mar en mitad de la tormenta, agarrar el timón, aguantar el tirón, enamorarte de la corriente, ser paciente, que las nubes se irán. Que ya lo decían los Beatles "el sol en algún momento va a llegar" y mientras, mientras tendríamos que bailar, otorgándole a la noche un derroche de gaste de caderas.
¿De veras creíais que iba a rendirme?
Los que estuvisteis apuntándome con el dedo deberíais saber que sigo siendo yo la que me pongo la pistola en la sien, y la que decide si apretar o no el gatillo.
Que no hay más balas para mi que las que yo misma fabrico.
Y no tengo más heridas que las que yo me hice por voluntad propia.
Lo bueno de tener el corazón hecho pedazos es eso, que las balas de los demás tal como entran salen.
En fin.
Que no necesito la saliva de nadie para curarme, eso tuve que aprender a hacerlo yo solita.
Que, por mi suerte, o para vuestra desgracia, todavía no voy a ser el blanco fácil de nadie.
En fin.
Que sigo queriendo a morir a todos los que me agarran cuando me fallan las fuerzas, que sigo teniendo en cuenta que aunque llegue el día en el que la sonrisa se me tuerza, van a estar ellos colocándome el mundo, y por eso, lo último, pero lo más importante que he aprendido, es que no soy aunque a veces no esté, sino que estoy aunque a veces no sea.
Nunca me atreví a enfrentarme a mis gigantes.
He aprendido que el invierno no era la llegada del frío, sino ver llorar a mis padres y a mi hermano.
He llegado a la conclusión de que nunca acabaré de memorizar cada una de mis cicatrices, porque las sigo confundiendo con heridas, cuando me empeño en abrirlas.
Me he dado cuenta de que el amor no tenía nada que ver con lo que me habían contado, solo tenía que ver contigo, y solo lo he sabido cuando, en mitad del huracán, he necesitado crear mapas con la piel de tu espalda.
Sigo leyendo a Benedetti cuando se me cansan las alas, y sigo haciendo florecer a Neruda cada primavera.
He aprendido que no es a la tercera cuando te das por vencido, porque nunca has de rendirte.
Que voy a tropezar, a caer y a hacerme tantísimas heridas que voy a querer tener un doctorado en vidas, pero acabaré tirando pa'lante.
Porque sin andar no hay camino, y sin camino no hay historia, ni victoria, solo derrota.
Además, andando hacia atrás uno siempre tiene más posibilidades de tropezar con la misma piedra.
También he aprendido que la magia del naufragio no esta en llegar a ser superviviente, si no en aprender a bailar con el vaivén del mar en mitad de la tormenta, agarrar el timón, aguantar el tirón, enamorarte de la corriente, ser paciente, que las nubes se irán. Que ya lo decían los Beatles "el sol en algún momento va a llegar" y mientras, mientras tendríamos que bailar, otorgándole a la noche un derroche de gaste de caderas.
¿De veras creíais que iba a rendirme?
Los que estuvisteis apuntándome con el dedo deberíais saber que sigo siendo yo la que me pongo la pistola en la sien, y la que decide si apretar o no el gatillo.
Que no hay más balas para mi que las que yo misma fabrico.
Y no tengo más heridas que las que yo me hice por voluntad propia.
Lo bueno de tener el corazón hecho pedazos es eso, que las balas de los demás tal como entran salen.
En fin.
Que no necesito la saliva de nadie para curarme, eso tuve que aprender a hacerlo yo solita.
Que, por mi suerte, o para vuestra desgracia, todavía no voy a ser el blanco fácil de nadie.
En fin.
Que sigo queriendo a morir a todos los que me agarran cuando me fallan las fuerzas, que sigo teniendo en cuenta que aunque llegue el día en el que la sonrisa se me tuerza, van a estar ellos colocándome el mundo, y por eso, lo último, pero lo más importante que he aprendido, es que no soy aunque a veces no esté, sino que estoy aunque a veces no sea.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Aquí sigo.
Y aquí sigo, después de mil batallas aún llevo la armadura.
Me he roto y vuelto a pegar tantas veces que ya no encajan ni las piezas.
Me he caído tantas veces que ya no me duele el golpe.
Sé lo que es vivir en tus propios miedos, y llorar a todas horas intentando ahogarte en tus lágrimas.
Sé lo que duele quedarte sola y lo difícil que es volver a confiar en alguien.
Sentir que nadie te comprende incluso cuando más lo hacen.
Que ya no sangro cuando me pinchan con algo afilado.
Una vez escuche que cuando estás en fondo lo único que puedes hacer es subir.
Y eso hice, subí tan alto que sobrepasé el miedo.
Tan alto que al mirar hacía abajo todo me parecía pequeño, insignificante, sin valor.
Y llegué a darme cuenta de que todo este tiempo estuve peleando en una guerra que no tenía ningún ganador, en cambio; yo fui la única que no abandonó.
Ya no quiero volver a mirar abajo.
Me he roto y vuelto a pegar tantas veces que ya no encajan ni las piezas.
Me he caído tantas veces que ya no me duele el golpe.
Sé lo que es vivir en tus propios miedos, y llorar a todas horas intentando ahogarte en tus lágrimas.
Sé lo que duele quedarte sola y lo difícil que es volver a confiar en alguien.
Sentir que nadie te comprende incluso cuando más lo hacen.
Que ya no sangro cuando me pinchan con algo afilado.
Una vez escuche que cuando estás en fondo lo único que puedes hacer es subir.
Y eso hice, subí tan alto que sobrepasé el miedo.
Tan alto que al mirar hacía abajo todo me parecía pequeño, insignificante, sin valor.
Y llegué a darme cuenta de que todo este tiempo estuve peleando en una guerra que no tenía ningún ganador, en cambio; yo fui la única que no abandonó.
Ya no quiero volver a mirar abajo.
lunes, 16 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
Todo podía ocurrir, pero no ocurrió. Lo cierto es que cuando esperas tanto algo, olvidas esperar cualquier cosa de ti. Reconozco que también me falta la voz al intentar hablar sobre lo que calla mi silencio. Miedos tengo demasiados, y sigo desafinando al cantar las canciones que me recuerdan a mí. Pese a las razones que pueda tener para escapar, sólo necesito una pequeña excusa para quedarme. No entenderme nunca me ha importado demasiado, aunque si las cosas duelen me conformo con cualquier respuesta. Si me canso de luchar hasta la derrota me parece un lugar precioso. Él parecía esa calma que prometían después de la tormenta, lo único que sucede es que no ha dejado de llover desde hace tiempo. Si lo pienso, juraría que se me ha olvidado la sensación del sol sobre la piel.
jueves, 5 de marzo de 2015
GJC.
La historia más bonita que conozco es la que ocultaba su sonrisa.
Se fue un día, ojalá no lo recordara.
Me pone triste pensar en los finales y en las despedidas, que por desgracia, no hubo.
Parece que fue ayer... pero ya han pasado cinco años.
Así de rápido.
Pero, sin embargo, no hay ni un día, ni uno, que no me acuerde de ella en cualquier momento del día.
Se marchó llena de heridas, como si el tiempo le hubiera marcado la piel con llamas.
Le escribo ahora, cuando ya no puede oírme.
Cuando ya los besos en la mejilla, los abrazos y las sonrisas forman parte de una fotografía que no miro por si me duele demasiado.
Yo nunca he creído en el cielo, no creo en Dios tampoco, y no es fácil. Aunque ella si, por eso sé que esté donde esté está bien.
Que ella creó un paraíso en sus sonrisas, y cada vez que me encerraban yo olvidaba lo que era el miedo.
"¿Qué pasaría si me voy?" me preguntó un día, y yo sonreía. Cómo iba a decirle que no quería que se fuera, aunque no hubiese marcha atrás. Que no la olvidaría, porque estaría en todos o en la mayoría de mis recuerdos. No supe decírselo, y ahora supongo que ya es tarde.
Ojalá que algún día el cáncer solo sea un signo del zodiaco.
Te fuiste un día, y no me gusta recordarlo.
Es duro soportar una vida sabiendo que el amor y la amistad no puede salvar a las personas, a una persona fuerte y luchadora que no merecía nada de lo que se le había venido encima.
Que hay un vacío muy grande en mí desde que te fuiste, que va a estar ahí siempre, como una carta dirigida a una dirección que ya no existe. Te quiero y no hay ni un sólo día en el que no me acuerde de tí. Hasta pronto, Gina.
Se fue un día, ojalá no lo recordara.
Me pone triste pensar en los finales y en las despedidas, que por desgracia, no hubo.
Parece que fue ayer... pero ya han pasado cinco años.
Así de rápido.
Pero, sin embargo, no hay ni un día, ni uno, que no me acuerde de ella en cualquier momento del día.
Se marchó llena de heridas, como si el tiempo le hubiera marcado la piel con llamas.
Le escribo ahora, cuando ya no puede oírme.
Cuando ya los besos en la mejilla, los abrazos y las sonrisas forman parte de una fotografía que no miro por si me duele demasiado.
Yo nunca he creído en el cielo, no creo en Dios tampoco, y no es fácil. Aunque ella si, por eso sé que esté donde esté está bien.
Que ella creó un paraíso en sus sonrisas, y cada vez que me encerraban yo olvidaba lo que era el miedo.
"¿Qué pasaría si me voy?" me preguntó un día, y yo sonreía. Cómo iba a decirle que no quería que se fuera, aunque no hubiese marcha atrás. Que no la olvidaría, porque estaría en todos o en la mayoría de mis recuerdos. No supe decírselo, y ahora supongo que ya es tarde.
Ojalá que algún día el cáncer solo sea un signo del zodiaco.
Te fuiste un día, y no me gusta recordarlo.
Es duro soportar una vida sabiendo que el amor y la amistad no puede salvar a las personas, a una persona fuerte y luchadora que no merecía nada de lo que se le había venido encima.
Que hay un vacío muy grande en mí desde que te fuiste, que va a estar ahí siempre, como una carta dirigida a una dirección que ya no existe. Te quiero y no hay ni un sólo día en el que no me acuerde de tí. Hasta pronto, Gina.
miércoles, 4 de marzo de 2015
Yo, contra mi misma.
Seguíamos encerrados en un pasado sin ninguna visión hacia un futuro imperfecto.
Permanecíamos encasillados sin poder seguir, y sólo sabíamos hundirnos mucho más de lo que ya lo estábamos.
Yo nunca fui alguien con las ideas claras.
Es más, todavía sigo sin saber nada, sin entender nada.
No sé nada del amor, querido, y nunca querré saberlo después de tu intento por demostrarme de qué iba.
No soy la persona más indicada para amar, y tampoco para ser amada.
No sé amar, y no quiero que alguien me ame.
Es así.
Prefiero encerrarme en noches de copas, tabaco y folios en blanco.
Eso me da seguridad.
Soy yo contra mí misma,
puedo hundirme o subirme por los cielos,
pero está en mis manos.
Nunca me ha gustado dejar que alguien pueda controlar mis suspiros, mis ansias, mis ganas o desganas, a mí.
No me digas que podrás enseñarme a amar, ni me cuentes historias que he oído tantas veces que hasta las podría escribir con los ojos cerrados.
No te creo, ni a ti ni a nadie, porque en la vida, en una situación u otra todos mienten.
Todo el mundo miente, pero tú propasaste el límite de mentiras en un día.
Qué locura…
Con tan sólo un par de palabras me hiciste creer algo que nadie hubiese creído jamás.
Pero ya no, no hay más.
No sé si querré volver a amar, ni si alguna vez me contarán esa misma historia pero entonces que sea de verdad.
Lo único que sé, cariño, es que necesito una noche de esas en las que me arranco la piel a tiras, en las que me descompongo.
Yo, contra mí misma.
domingo, 1 de marzo de 2015
2:19
Miradas llenas de nada, sentimientos vacíos, fines de semana agarrados a botellas, y luego, cuando todo pasa, sólo queda un domingo de resaca existencial.
De preguntarme qué es la vida, y qué es eso del amor...
Pero qué voy a saber, si siempre me ha tocado echar de menos; si siempre me ha tocado escribir cosas tristes sobre personas que nunca me quisieron.
Qué voy a saber.
Y, nada, la vida sigue, para bien o para mal, no importa mucho.
El mundo gira como siempre.
El tiempo pasa como de costumbre.
Y tampoco importa mucho.
En mi soledad; en mi cuarto, ese campo de batalla donde han muerto demasiadas horas, quiero escapar.
Irme lejos, todo lo lejos posible, pero tengo esa sensación de que lo más lejos posible no será lo suficientemente lejos.
Y quiero gritar, y lo hago, pero en silencio, no quiero despertar a nadie.
Miro el techo, la luz está apagada, y no, no voy a sonreír.
La cama, medio enfriada y tan vacía, por culpa de esa soledad tan mal acostumbrada a no faltar nunca.
No hay mucho más.
Pero al día siguiente llueve, y no me quedan muchas ganas de correr; sólo tengo ganas de que la rutina no haga demasiado daño.
De preguntarme qué es la vida, y qué es eso del amor...
Pero qué voy a saber, si siempre me ha tocado echar de menos; si siempre me ha tocado escribir cosas tristes sobre personas que nunca me quisieron.
Qué voy a saber.
Y, nada, la vida sigue, para bien o para mal, no importa mucho.
El mundo gira como siempre.
El tiempo pasa como de costumbre.
Y tampoco importa mucho.
En mi soledad; en mi cuarto, ese campo de batalla donde han muerto demasiadas horas, quiero escapar.
Irme lejos, todo lo lejos posible, pero tengo esa sensación de que lo más lejos posible no será lo suficientemente lejos.
Y quiero gritar, y lo hago, pero en silencio, no quiero despertar a nadie.
Miro el techo, la luz está apagada, y no, no voy a sonreír.
La cama, medio enfriada y tan vacía, por culpa de esa soledad tan mal acostumbrada a no faltar nunca.
No hay mucho más.
Pero al día siguiente llueve, y no me quedan muchas ganas de correr; sólo tengo ganas de que la rutina no haga demasiado daño.
Y supongo que cuando te han hecho daño tantas veces, te pones una coraza.
Una coraza para que nadie más vuelva a romperte, una coraza para dejar de ser tan buena.
Dicen que las personas se vuelven frías después de tantas decepciones, y eso me habrá pasado a mí.
Ya no confío en nadie, y en mí misma todavía menos.
Quizás sea un poco de todo.
Quizás sea que además de cargar con lo que no olvido, me queda el dolor de ver como existen personas que de un momento a otro les deja de importar todo aquello que en cierto tiempo fue lo más importante.
No sé, es difícil pero lo hacen ver tan fácil...
Tantas cosas que llegué a aprender de las personas de mi pasado y esa fue la única que no lograron enseñarme.
Una coraza para que nadie más vuelva a romperte, una coraza para dejar de ser tan buena.
Dicen que las personas se vuelven frías después de tantas decepciones, y eso me habrá pasado a mí.
Ya no confío en nadie, y en mí misma todavía menos.
Quizás sea un poco de todo.
Quizás sea que además de cargar con lo que no olvido, me queda el dolor de ver como existen personas que de un momento a otro les deja de importar todo aquello que en cierto tiempo fue lo más importante.
No sé, es difícil pero lo hacen ver tan fácil...
Tantas cosas que llegué a aprender de las personas de mi pasado y esa fue la única que no lograron enseñarme.
Nadie.
Y hay muchas veces que intentas abrazarme con la intención de volver a juntar todas mis piezas rotas, y es inútil, por que nunca lo conseguirás, soy como un puzzle que no encajará nunca a la perfección.
Y tú tienes la culpa, pero es una culpa preciosa.
Y aun sigo esperando, a que las cosas me salgan bien, a dejar de ser la tonta que da todo por los demás y luego no recibe nada.
Y eso cansa.
Pero voy a cambiar las cosas, me lo he prometido.
No necesito que nadie lo entienda.
No tengo la necesidad de explicarlo, pero yo, antes de ti, sólo había vivido el borrador de una vida sin ganas.
Una vida, sí, pero de esas en las que te dedicas con indiferencia a esperar que el tiempo pase, y a saber a dónde te lleva.
A veces me preguntan por qué estoy triste, y yo ignoro cómo explicarles que la falta de felicidad es un traje que me viene a medida.
Nunca he sabido nadar tan bien como bien he sabido dejarme hundir hasta el fondo.
Y a pesar de todo podría no estar aquí, ni tú donde estés.
Podríamos estar juntos, y darnos cuenta de que entonces ya no necesitaríamos nada.
Ni a nadie.
Sólo al pensar en ello me doy cuenta de lo putas y bonitas que pueden ser las esperanzas.
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