domingo, 22 de marzo de 2015

Soy, aunque a veces no esté.

Tras haber leído, subrayado y quemado cada una de las hojas, me he dado cuenta de que yo nunca fui Don Quijote, porque nunca fui valiente.
Nunca me atreví a enfrentarme a mis gigantes.
He aprendido que el invierno no era la llegada del frío, sino ver llorar a mis padres y a mi hermano.
He llegado a la conclusión de que nunca acabaré de memorizar cada una de mis cicatrices, porque las sigo confundiendo con heridas, cuando me empeño en abrirlas.
Me he dado cuenta de que el amor no tenía nada que ver con lo que me habían contado, solo tenía que ver contigo, y solo lo he sabido cuando, en mitad del huracán, he necesitado crear mapas con la piel de tu espalda.
Sigo leyendo a Benedetti cuando se me cansan las alas, y sigo haciendo florecer a Neruda cada primavera.
He aprendido que no es a la tercera cuando te das por vencido, porque nunca has de rendirte. 
Que voy a tropezar, a caer y a hacerme tantísimas heridas que voy a querer tener un doctorado en vidas, pero acabaré tirando pa'lante.
Porque sin andar no hay camino, y sin camino no hay historia, ni victoria, solo derrota. 
Además, andando hacia atrás uno siempre tiene más posibilidades de tropezar con la misma piedra.
También he aprendido que la magia del naufragio no esta en llegar a ser superviviente, si no en aprender a bailar con el vaivén del mar en mitad de la tormenta, agarrar el timón, aguantar el tirón, enamorarte de la corriente, ser paciente, que las nubes se irán. Que ya lo decían los Beatles "el sol en algún momento va a llegar" y mientras, mientras tendríamos que bailar, otorgándole a la noche un derroche de gaste de caderas.
¿De veras creíais que iba a rendirme?
Los que estuvisteis apuntándome con el dedo deberíais saber que sigo siendo yo la que me pongo la pistola en la sien, y la que decide si apretar o no el gatillo.
Que no hay más balas para mi que las que yo misma fabrico.
Y no tengo más heridas que las que yo me hice por voluntad propia.
Lo bueno de tener el corazón hecho pedazos es eso, que las balas de los demás tal como entran salen.
En fin.
Que no necesito la saliva de nadie para curarme, eso tuve que aprender a hacerlo yo solita.
Que, por mi suerte, o para vuestra desgracia, todavía no voy a ser el blanco fácil de nadie.
En fin.
Que sigo queriendo a morir a todos los que me agarran cuando me fallan las fuerzas, que sigo teniendo en cuenta que aunque llegue el día en el que la sonrisa se me tuerza, van a estar ellos colocándome el mundo, y por eso, lo último, pero lo más importante que he aprendido, es que no soy aunque a veces no esté, sino que estoy aunque a veces no sea.