miércoles, 10 de diciembre de 2014

Mierda.

A veces basta muy poco, realmente muy poco para reabrir una herida no tan vieja. Meses y meses de esfuerzo por ignorarla pueden irse al traste en tan solo dos o tres segundos, con una mirada dirigida a ti en el momento más inoportuno, en el instante en el que tus defensas descansan bajo suelo. Y esa mirada, que creías perdida en las olas del olvido, regresa para golpearte con estruendosa fuerza contra la realidad, devolviéndole la vida a tu sistema nervioso adormecido. Las agujas del reloj recuperarán su velocidad vertiginosa. Será todo como un suspiro. El momento pasará frente a tus ojos y ni siquiera serás consciente de lo que ha ocurrido hasta que ya haya sucedido. Y notarás el peso del mundo entero sobre tus hombros, tendrás ganas de cavar un hoyo profundo, muy profundo, y enterrarte en él hasta desaparecer y dejar de sufrir.