miércoles, 10 de diciembre de 2014

Vive.

Dicen que es rutina. 
Que la rutina no tiene por qué ser mala o desagradable. 
Pero qué saben ellos de la monotonía de levantarse cada día sin saber si es lunes o jueves, si vas o vienes, qué saben del vivir cada día como un autómata sin corazón. 
Es difícil no tener una meta, un sueño, una guía que seguir para alcanzar un objetivo. 
Es duro pensar en los tiempos en los que pretendías comerte el mundo, antes de descubrir que el mundo te había devorado a ti. 
Y ves fotografías antiguas, rememoras momentos en los que realmente parecías vivir feliz, y tienes envidia de tu sonrisa, esa que se ha escondido tras tus labios fruncidos y tus cejas arrugadas siempre en feroz expresión. 
Quisieras ser niña y volver a ser ignorante, no conocer nada de lo que conoces, cerrar los ojos a la realidad que te corroe las entrañas. 
Así un día tras otro. 
Cumples dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte... y todo sigue igual. 
Has olvidado cómo cojones se vive, y te limitas a sobrevivir de la mejor forma posible. 
¿Qué más puedes hacer? Porque salir y echarle huevos a un nuevo día con una sonrisa forzada pero enorme es demasiado pedir. 
Irte una puta noche de fiesta con los cuatro amigos que aún te quedan y comportarte como una adolescente es demasiado para tu cuerpo frágil y cansado de ir de decepción en decepción. 
Claro, es más sencillo rendirse y dejarse engullir por la pena y el ahogo de una soledad elegida. 
Es más fácil cagarte en el mundo tumbada en tu cama, maldiciendo tu cuerpo imperfecto y la sociedad que no te acepta. 

Pero déjame que te diga algo, pequeña. 
Hasta que tú no te aceptes, el mundo no lo hará. 
Échale huevos al asunto y vive, no existas únicamente. 
Lo que hoy te parece una montaña enorme imposible de escalar, cuando la hayas superado se verá todo más simple y podrás disfrutar las vistas.