viernes, 7 de noviembre de 2014

Mi mundo se reduce a estas sábanas.

  Sí, me lo suelen decir. No hace falta que intentes hacérmelo.
Entender, quería decir.
  No hay que intentar buscar las direcciones cuando se está entre sábanas, hay que olvidar la teoría y dejar de contar por un momento cuántas arrugas estamos dejando en la piel de este colchón.
  Lo sé, lo sabemos, para qué queremos más. Ambos somos testigos de que nadie podrá ver jamás nuestro código de pupilas cuando las luces se apagan.
  Ellos no nos conocen, ni nos entienden, ni nos importan. Qué más da lo que piensen si en realidad nunca han sentido el escozor en los labios de tantos besos robados, qué importa lo que dicten sus pensamientos. En realidad debería de darnos pena que ellos nunca hayan sentido las caricias que nos regalamos. Lo suyo es sólo envidia en cada palabra que escupen, les retuerce el alma que nunca hayan oído gritos por los tobillos y suspiros que no sean de pena, sino de amor en estado físico.
  Y sí, debería hacerte entender que tus labios me dejan fuera de servicio, y no hay nada ni nadie que me haga contestar a los tres segundos. Pero también me tiene loca todo lo que dices, eso que hace que mi corazón llegue al éxtasis de las sensaciones.
  Es llegar al clímax para querer abandonar todo lo demás, y que no me importe si llevamos media vida durmiendo en las mismas sábanas cuando la primera vez que nos conocimos, ya las rompimos.
  Es verdad, me lo suelen decir. No me suelo ahogar entre besos, sino entre sábanas; mi amor es todavía un novato en esto de querer, pero tú dame las llaves de esta habitación y te juro que no le diré nada a nadie.
  A menos que seas tú, y pueda decirte que te quiero.